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El análisis sobre lo que hoy es Podemos y sus posibilidades de futuro, en lo que a todas luces es la mayor encrucijada a la que hace frente este partido desde su fundación en 2014, podría llevarnos a varios enfoques, todos ellos pertinentes. Podríamos preguntarnos cómo es posible que un partido concebido desde el paradigma populista de la “autonomía de lo político” haya sido incapaz de desacoplarse ni un centímetro de las distintas oleadas de malestar que ha generado la crisis económica. También podríamos revisar uno de los procesos de institucionalización y burocratización más rápidos que se recuerdan en la historia política reciente de Europa. O incluso podríamos analizar los distintos escenarios que se abren si no se revierten algunos de los peores vicios de Podemos. Quizá haya que abordar todas estas perspectivas en algún momento, pero si hay una discusión fundamental en estos momentos esa es la estratégica, o mejor aún, la que se pregunta por cómo se elabora la estrategia en Podemos.

Recordemos que el partido salido de Vista Alegre era fundamentalmente vertical y populista, esto último entendido en el sentido preciso de una primacía de la instancia política (Podemos) sobre una sociedad a la que se lee como desarticulada y demandante de significantes que le permitan construirse políticamente. Significantes que, por supuesto, provee el partido. Algunos de estos han sido enunciados, más o menos transformados, a partir la onda larga del 15M. Otros como la dupla corrupción/regeneración, centro de las líneas de ataque al régimen, son formas atenuadas y algo acomodaticias de las demandas iniciales de un proceso constituyente. Y, aún otros, son disparatados experimentos populistas como el intento de aglutinar distintas capas sociales bajo el desacréditadismo, e irrecuperable, término “patria”

Sin embargo, aparte de los problemas principistas que esta posición pueda entrañar, también comprende otros de carácter fundamentalmente estratégico, y en última instancia tácticos. Vivimos en una crisis económica, social y política abierta en canal. Esto significa que las categorías analíticas “populares” sobre las que se articulaba el régimen se están desmoronando. La misión de un partido de transformación es proponer alternativas constructivas al simple desmorone del orden social que avancen el orden nuevo. Y estas alternativas, como bien sabían los partidos y movimientos revolucionarios de principios del siglo XX, sólo pueden venir de un flujo de poder y de información de abajo a arriba. Ese flujo sólo se puede conseguir mediante formas organizativas que lo garanticen. Democracia no sólo como principio sino como forma de esclarecer la estrategia, los fines a corto, medio y largo plazo del partido.

En una sociedad como la nuestra (post 15M) podríamos decir que la estrategia no pertenece al partido sino que viene dada por los sectores socialmente mas activos. En la medida en que el partido disponga de una organización capaz de recoger, asimilar y discutir esos vectores de información y poder, sabrá cuanto margen tiene para elaborar la táctica, los pasos necesarios para llegar a los fines dados. Pero lo que ha sucedido en Podemos es algo muy diferente. Al plantear un modelo vertical y populista se han cortado de raíz esos flujos. Y a cambio, se ha recurrido (que remedio queda una vez desestimada la opción organizativa democrática) al uso de la encuesta demoscópica y de la estrategia de comunicación en medios. La encuesta se ha convertido en la forma de relación con una masa informe.

Este modelo no es nuevo, de hecho esta era la linea estratégica de los gobiernos de ZP. Evidentemente, el 15M ha ampliado el campo de lo posible y, aún repitiendo este tipo de esquemas clásicos del PSOE -ese gusto por la guerras culturales y la política de gestos- hoy los gabinetes de comunicación y el enjambre de spin doctors que pulula alrededor de Podemos, tienen un margen mayor para presentar algunas líneas con respecto a temas como la deuda o la vivienda, que bajo el mandato de Zapatero eran considerados como “catástrofes comunicativas”. Pero no cantemos victoria, se puede volver a ese cierre de posibilidades en cualquier momento, si no se corrige rumbo.

Desde luego este modelo, encierra algunos problemas. El primero es que las encuestas demoscópicas y los gabinetes de comunicación, en el mejor de los casos señalan donde estamos, nunca hacia donde podemos ir. Pero, además, en una crisis de régimen ambas formas de relación política ofrecen perfectas imágenes de un pasado de estabilidad, orden y prosperidad. Si entendemos la clase media, sinónimo en términos sociológicos del centro político, como no sólo una posición material, sino también, y fundamentalmente, una declaración subjetiva de adhesión al orden vigente, debemos entender también su decadencia como una lucha entre aferrarse las representaciones de su pasado, propiamente clasemedianista, y el rechazo de otras representaciones nuevas que vendrían a sustituirlas y que irían conformando una nueva posición de clase diferente de lo que entendemos por clase media. Esto, en ausencia de una politización efectiva de este proceso, es lo que recogen las situaciones, siempre mediadas por el poder, del encuestado frente al encuestador o del espectador frente a la televisión.

No hay mas que ver cómo bajo este paradigma, aspectos programáticos centrales hoy, como la ecología política, el cambio climático o la Renta Básica se han convertido en objetivos excéntricos que supuestamente nos alejan de las preocupaciones de las mayorías sociales, del bello pueblo, para darse cuenta de los enormes fallas de este modelo. El cambio climático nunca estará en las principales preocupaciones de ningún cruce del CIS, salvo que alguien lo encarne políticamente. Lo mismo se puede decir de la Renta Básica. Y, sin embargo ¿qué proyecto político mínimamente transformador puede no considerar estos dos objetivos como prioritarios?

En realidad, cualquier posición política que sólo, o principalmente, cuente con estas herramientas comunicativas y demoscópicas para elaborar su estrategia no sólo estará inevitablemente yéndose al centro político sino que, además estará alimentando los aspectos más reactivos de la clase media en descomposición. Esto tiene varias consecuencias, por un lado, se da la paradoja de que una vez la clase media vuelve a tomar conciencia de sí misma cómo tal, ya no necesita una herramienta política de transformación. Y, por otra parte, en la medida en que esto sucede se bloquea la posibilidad de que la decadencia de las clases medias se transforme en “otra cosa”; se bloquea la posibilidad de una alianza para un programa común con otros muchos sectores sociales: antiguas clases obreras, migrantes, jóvenes sin estudios universitarios. Esta alianza resulta indispensable para hablar de la emergencia en sentido más o menos pleno de la clase.

Cuando la corriente que, por comodidad, voy a llamar errejonismo (Adelante Podemos en las primarias madrileñas) promete una extensión de Podemos a, los ya autoparódicos, “los que faltan”, lo que propone es un uso masivo de estas dos herramientas: la encuesta demoscópica y la comunicación política en medios. En la práctica esto quiere decir que iremos corriendo detrás de sombras fantasmagóricas que solo existen como categorías del CIS o nichos postfordistas del mercado político. Y que, cómo ha venido sucediendo hasta ahora las lineas políticas las lancen, sin mayor control democrático, los responsables y asesores de comunicación. Estos expertos proveerán a la “gente”, al bello pueblo, de significantes cada vez mas repletos de centro de político y de conformidad con el régimen. Y esta línea política entorpecerá y ralentizará el proceso de transformación social cuando no terminará por conducirlo a un conflicto entre clases medias en decadencia y el resto de sectores sociales dominados.

La lógica relativamente autónoma de las instituciones representativas tiende a reproducir esta visión de que aún merece la pena apostar en juegos políticos de cuyo beneficio se duda ya masivamente en términos sociales. Esta misma corriente interna de Podemos, sin duda como parte de la estrategia comunicativa y demoscópica, ha venido considerando que los puestos institucionales eran posiciones ganadas per se y que, en una lógica gobernista, debían ser reforzadas y ampliadas también per se, aunque esto haya implicado adoptar el discurso propio de la institución y los rituales de Estado (la mejor gestión, la madurez para gobernar) que alimentan, para algunos sectores sociales ese reflujo de las clases medias en decadencia sobre sí mismas, y para otros sectores, los más dinámicos, la desconexión entre representantes y representados. Si en las últimas elecciones desaparecieron un millón de votos y, desde entonces, hablamos de un nuevo desencanto, es en gran medida debido a esta dinámica.

Sin duda, aunque para algunos no son más que medios instrumentales para afianzar sus posiciones institucionales y orgánicas (si, amigos, esto es un partido político), parte de los afectos al errejonismo piensan, de buena voluntad, que estas son líneas para ampliar el cuerpo social de Podemos y para huir de un nuevo encasillamiento identitario que nos devuelva a la marginalidad izquierdista. En algunos casos, este fantasma viene de traumas políticos relacionados con las trayectorias personales y, en otros, es lo que ocurre con los más jóvenes, se repite como una forma de afirmación generacional de corte culturalista. Quizá esta sea una de las primeras veces en la historia reciente de Europa en que la “revuelta” generacional se afirma sobre el centrismo y el mainstream. Todo un exotismo cultural.

Sin embargo, es muy dudoso que vaya a haber una vuelta a un pre15M en términos de izquierda clásica. De hecho, en un sentido contrario a los temores errejonistas, sólo una vuelta a la jaula de hierro de las instituciones y la política representativa podría provocar algo parecido. Y desde luego, si las piezas organizacionales funcionan como canalizadores del empoderamiento de los sectores más dinámicos de nuestra sociedad, es altamente improbable que esto suceda. Baste recordar la composición extraordinariamente variopinta y efervescente de los círculos originales, previos a su vaciamiento de contenido en Vista Alegre.

Frente a esta deriva comunicacioncentrista o demoscopiocentrista, cualquier apuesta por reconstruir una organización hecha jirones y darle voz y poder tanto a la militancia de base como a los sectores sociales mas activos nos pone, al menos en el camino de reconstruir un tipo de organización capaz de incorporar flujos de poder e información de abajo a arriba y de recoger significativamente debates en ocasiones conflictivos en torno a las lineas estratégicas y tácticas. Esto es, se trata de intentar recuperar mínimamente el potencial transformador de Podemos. Y, sin caer en delirios centralistas jacobinos, las primarias en Madrid son fundamentales para dirimir el tipo de Podemos que surgirá en un futuro. Por eso, y siendo bien consciente de que de en esta candidatura hay quien también ha formado parte de los sectores que favorecieron los errores descritos más arriba, pido el voto para Juntas Podemos.

Isidro López (@suma_cero)

Publicado en Público el 7 de noviembre de 2017

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