[:es]Desayunamos con cierta sensación de alivio el pasado lunes. En Austria, el hooligan “con sensibilidad” Norbert Hofer conseguía su mejor resultado, pero encontraba su tope en la victoria del “verde” Van der Bellen. En Italia, el giro presidencialista que Renzi quería imponer en la Constitución italiana salía derrotado por 20 puntos de diferencia frente al “No” a la reforma. Son las dos únicas notas “positivas” en una larga serie de pruebas electorales resueltas en dirección contraria (Brexit, Trump).

Vivimos una época de falsas diferencias. Aunque Hofer pueda representar la posición del nacionalismo identitario y racista replegado sobre el “hombre común” y Renzi el cosmopolitismo y el europeísmo aristocráticos de un tecnócrata, los dos están unidos por un mismo proyecto y, paradójicamente, una misma ilusión. Ambos siguen la misma línea de tendencia que refuerza los poderes extraordinarios del ejecutivo, y sobre todo del jefe de Estado, frente al legislativo y el Parlamento. Ambos son valedores de una nueva forma de monarquía plebiscitaria frente a los viejos sistemas de contrapesos de herencia liberal, pero también del antifascismo democrático que informó casi todas las constituciones europeas que salieron de la postguerra. La diferencia de intenciones —que para Renzi está en el modo de estabilizar la política italiana y reforzar la sumisión a los dictados europeos, y para Hofer en expresar la singularidad nacional austriaca frente a esa misma Europa— es poco más que superficial. Tanto el jefe nacional validado democráticamente como la tecnocracia refrendataria coinciden en mantener la ilusión de que los poderes del ejecutivo son el verdadero sujeto de la política contemporánea.

Pero conviene recordar que hasta el gobierno más ultranacionalista que pueda salir del “ciclo populista”, tendrá que lidiar con las formas duras del poder real hoy existentes: las finanzas globales y una fábrica completamente internacionalizada que imprime en todas las etiquetas de producto su made in the world. Valga decir que en el Brexit estuvo implicada una parte de la City de Londres, poco confiada en los poderes de la libra como moneda global dentro del apático horizonte económico europeo. Y que el proteccionismo de Trump no va a ir más allá de renacionalizar algunos tramos de una cadena global de valor para la que no hay alternativa, ni siquiera en forma de una autarquía a escala continental.

España, incluida (sobre todo incluida) la nueva política, no escapa a esta tendencia. De izquierdas o de derechas, las reacciones políticas a la crisis en Europa han combatido en la misma línea de renacionalización y de refuerzo del ejecutivo como espacio de ejercicio de la soberanía popular, cualquier cosa que sea esto último. Seguimos en el pantanoso terreno de la “autonomía de lo político”. Pero ¿qué ocurre cuando no se consigue alcanzar el gobierno, o cuando se alcanza como ha ocurrido en Grecia (o en menor medida en algunos ayuntamientos españoles), y esos mismos “poderes populares” se ven obligados a aplicar las recetas impuestas desde otra escala? ¿Sería viable una voladura de la Unión Europea con gobiernos a la Le Pen en el centro y el este de Europa y a la Syriza en el sur, todo ello sin que disminuya ni un ápice el poder de los mercados financieros?

“En última instancia”, este es el problema de Podemos y en general de toda esa plétora de realidades que, sin estar adscrita a los morados, forman el “partido del cambio”. Descubrimos aquí la cuestión que debiera ocupar al menos la mitad del Congreso de refundación del partido, el Vistalegre II. A la hora de abordarla no se parte, sin embargo, de cero. El 15M se planteó este problema de una forma original. De un lado, se reclamó como miembro de una internacional de las nuevas luchas; así su inspiración en la Primavera Árabe, su reflejo en los Occupy y su consigna People of Europe Rise Up. De otro, el 15M tomó la forma de un proceso constituyente desde abajo, que ciertamente, caso de haberse realizado, hubiera supuesto la inversión radical de cualquier solución presidencialista-gerencialista.

No obstante, desde los principios del 15M existió también una tendencia contraria. Si recuerdan, esta se expresó en términos marketinianos como el “proceso constituyente es algo que la gente no entiende”, o de forma más clásica cuando se decía que “la situación no está madura”. La misma propensión a la simplificación llevó a Podemos a renunciar progresivamente a la idea de proceso constituyente, lo formateó como una operación fundamentalmente mediática y lo inclinó inevitablemente hacia una solución estato-nacional a la crisis. Es lo que llamaron el “gobierno de la gente”. Nótese bien, Podemos optó por seguir a su modo en la misma línea de la renacionalización y estatalización de la política, que comparten sus contrarios.

Pues bien, la cuestión es que no va a haber “gobierno del cambio”. Lo que le espera a Podemos es un largo periodo de oposición, en el que la ilusión de la “autonomía de lo político”, reducida a la mera actividad parlamentaria, tenderá a generar tanto frustración como desengaño. Fallida la hipótesis del gobierno a través de la máquina de guerra electoral, ¿cuál es el proyecto? ¿cuál es la estrategia? La respuesta probablemente pase por dar un rodeo por arriba y por abajo del Estado, esto es, por preguntarse por la democracia cuando esta nos lleva más allá del Estado.

Por empezar por lo más complejo, a qué llamamos “democracia” cuando esta no coincide con las llamadas instituciones democráticas, ¿se acuerdan de esos viejos conceptos de Gramsci recuperados del pasado por los líderes de Podemos? Uno interesante y hoy muy en boga es lo que el pequeño sardo llamaba “guerra de posiciones”. Con esta forma de la “guerra” no hacía un llamamiento a “hacer entrismo” en las instituciones representativas. Más bien ampliaba el campo de la lucha a la “sociedad civil”, esto es, a toda esa pléyade de dispositivos y espacios en los cuales se construye y vive lo cotidiano. En los términos de los años 20, la estrategia ya no podía basarse únicamente en la doble herramienta “partido/sindicato”. Antes bien, se trataba de generar una red de dispositivos múltiples, capaz de disputar otros espacios de la vida social. Esa hipótesis es lo que podríamos llamar contrapoder. Y es seguramente la clave de mantener el cambio vivo más allá de los resultados electorales.

No se trata de algo sencillo, pero aquí está el núcleo duro de la política futura. ¿Cómo se despliega hoy el llamado “populismo de derechas”, ya sea bajo el liderazgo de Hofer, Trump o Le Pen? Lo hace básicamente sobre la base de ofrecer soluciones fáciles (la vuelta a lo nacional, el gobierno fuerte) a malestares que tienen causas complejísimas. Por contra, la estrategia del contrapoder democrático arranca, en cierto modo, de la desesperanza. Pasa por decir que no hay solución fácil al problema del paro, a los míseros salarios, a la disolución del Estado del bienestar; y desde luego, que la causa no son los migrantes, los “vagos”, los “subvencionados” o la disolución de la identidad nacional. Tampoco pasa por decir que un gobierno de izquierdas podrá resolver estos problemas. Tenemos la certeza de que no podrá. Nada más falso que el dicho podemita de que “es en las instituciones donde se cambian las cosas”. A pesar de su crudeza, la apuesta por la democracia y el contrapoder reclama, sin embargo, que es posible luchar.

La construcción de poderes sociales alternativos se realiza cuando sujetos sociales sometidos se constituyen como sujetos políticos en sentido propio. Así pasó con los asalariados convertidos en movimiento obrero, con las mujeres organizadas en movimiento feminista, con los nietos de los esclavos en movimiento por los derechos civiles, etc. Y fueron estos movimientos los que construyeron lo que todavía persiste de realmente democrático en nuestro sistema institucional: desde el sufragio universal hasta los derechos sociales. En política, democracia es conflicto.

Nuestro tiempo es especialmente enrevesado en este terreno. El punto de partida, la idea de que “todos somos clase media”, está diseñado para evitar cualquier fractura social y política significativa. No obstante, el 15M y Podemos son el resultado seguramente de que la clase media (tanto como “idea” como en su particular materialidad) ha empezado a quebrarse. Cuáles podrían ser las demandas políticas de esta figura social en descomposición, cuáles son sus conflictos, cómo se están organizando. He aquí las claves de la política actual, y de toda futura orientación estratégica.

El otro foco del problema tiene que ver con la escala. Las élites financieras y políticas juegan por arriba: negocian entre Estados, generan una superestructura como la Unión Europea, imponen a través de esta sus particulares dictados. Sin embargo, los conflictos siguen anclados en el nivel local, cuando no en el viejo marco nacional. Y ahí nos topamos con tres posibles respuestas. Por un lado, la que aceptando esta realidad la utiliza como justificación de sus límites y no como punto de partida para superarla. Syriza y Tsipras son desgraciadamente el ejemplo más acabado de esta opción. La ilusión del acuerdo con las instituciones europeas ha terminado en el mayor de los desastres: el partido que llegó con el mandato de confrontar con la Troika se ha convertido en la agencia privatizadora que la socialdemocracia tradicional, descompuesta y pulverizada, no pudo ser. La segunda respuesta ha sido la que podríamos calificar de “reformismo en un solo país”. Ya sea dentro de la UE o saliendo del euro, esta posición defiende la posibilidad de utilizar las estructuras nacionales como mecanismo de resistencia frente a los poderes europeos. El problema es que se puede huir de Europa, pero Europa irá detrás de nosotros.

La tercera opción no se plantea el problema en términos de reformar la UE, tampoco nos promete fugas imposibles. Plantea una estrategia de asalto que puede empezar en cualquier país, seguramente por el eslabón más frágil, como fase de incubación de una pandemia. Así operó el 15M y así podrían operar las futuras oleadas de movimiento. Con cierto realismo, se puede asumir que la conquista de un gobierno puede ser una etapa importante de ese proceso. Pero lo más duro viene después: consiste en aguantar y tomar las fronteras como lugar de contagio. Sea como sea, la política del cambio sólo tendrá alguna oportunidad caso de no atarse a la tramposa ilusión del gobierno y de la política nacional. Plantea una estrategia de asalto que puede empezar en cualquier país, seguramente por el eslabón más frágil, como fase de incubación de una pandemia. Así operó el 15M y así podrían operar las futuras oleadas de movimiento. Con cierto realismo, se puede asumir que la conquista de un gobierno puede ser una etapa importante de ese proceso. Pero lo más duro viene después: consiste en aguantar y tomar las fronteras como lugar de contagio. Sea como sea, la política del cambio sólo tendrá alguna oportunidad caso de no atarse a la tramposa ilusión del gobierno y de la política nacional.

Emmanuel Rodríguez (@emmanuelrog) y Brais Fernández (@BraisRomanino)

Publicado en CTXT el 9 de dieciembre de 2016

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